18 abril, 2018

Oriente Medio



Me aficioné a estar al tanto de las noticias demasiado pronto. En 1973, con apenas siete años y recién llegado a la ciudad donde vivo, la televisión no paraba de hablar de un conflicto bélico en Oriente Medio en el que estaban implicados Israel, Egipto y Siria. Era tal el miedo con el que se pronunciaba la palabra guerra, quizá porque aún permanecía en la memoria reciente de nuestros mayores, que el temor se contagiaba fácilmente entre quienes no levantábamos dos palmos del suelo.

Han pasado 45 años de todo aquello y escuchar Oriente Medio nos sigue trayendo a la mente, de forma instantánea, una asociación de ideas con bombardeos, matanzas, explosiones, deportaciones, refugiados, ataques, dictaduras, bloqueos, muros, terrorismos, torturas, humillaciones y todo tipo de violencias. A quienes tenemos cierta edad nos siguen sonando los nombres propios de la guerra del Yom Kipur, de los acuerdos de Camp David, del Nobel de la Paz a Anuar el-Sadat y Menahem Begin, de las matanzas de Sabra y Chatila, de los Altos del Golán, de las dos guerras del golfo, de los atentados en Israel, de la Intifada, del incidente de  Ariel Sharon en la explanada de las mezquitas o de las matanzas continuas, bombardeos y asedios hacia la población Palestina.

Poco o nada se consiguió en aquella conferencia de Madrid de 1991: el magnicidio de Isaac Rabin y la desaparición de Arafat acabaron por volver a truncar un proceso que apenas había dado sus primeros pasos. Cambian los actores protagonistas pero el problema sigue siendo el mismo. Ya no es Irak, ahora es Siria, ya no hay Saddam Hussein y ahora es el hijo de Háfez al-Ásad. La posible utilización de armas químicas ha desatado el ataque de Trump, May y Macron, saltándose la legalidad internacional de las Naciones Unidas y sin esperar verificaciones de ningún tipo. A quienes hemos seguido lo ocurrido en Siria nos escandalizan muchas cosas y la primera es la falta de respeto a los Derechos Humanos de todos los gobernantes de la zona, sin excepción. Tampoco se acaba de comprender la apresurada reacción de EE.UU. Gran Bretaña y Francia ante unas imágenes de víctimas de armas químicas, mientras que las del niño Aylan en una playa turca apenas les hizo inmutarse. Todo lo contrario: vallas más altas, apresamiento de los buques que rescatan a quienes buscan refugio huyendo de la muerte y lanzamiento de 100 misiles para que parezca que se hace algo. 

Hay quienes creen que cualquier líquido ayuda a apagar un incendio, sin pararse a pensar si es agua o gasolina. Lo último que necesitamos en este momento es solventar con hachazos lo que requiere de una sofisticada microcirugía. Con Putin y Trump al mando, con tanta testosterona y tan poca materia gris, podemos esperarnos lo peor. Seguiremos oyendo hablar de Oriente Medio, pero ni los refugiados, ni las víctimas del gobierno sirio, ni las niñas palestinas encarceladas verán mejorar sus maltrechas vidas. A veces, uno preferiría no estar al tanto de noticias como estas.

Publicado en el diario HOY el 18 de abril de 2018.

04 abril, 2018

Hagan juego



Al principio de la crisis, cuando en todas las ciudades comenzaban a cerrarse negocios y no había calle sin media docena de locales vacíos, reparé en que solo se abrían tres tipos de negocios: los que compraban oro, los que quitaban pelos y los que te esculpían las uñas para dejarlas como una acuarela japonesa. Ha pasado ya un tiempo y no sé si esos negocios siguen en la cresta de la ola o han sido sustituidos por otros, pero un domingo por la tarde me di cuenta de que toda la publicidad que me rodeaba era de apuestas. Al poco tiempo me sorprendió una conversación en el tren que me dejó perplejo: unos jóvenes, que no tenían ni 20 años, se pasaron una hora hablando sobre lo que habían ganado y perdido en el arte de jugar. Uno de ellos contó que estuvo a punto de llevarse miles de euros en una complicada apuesta múltiple y que falló por el resultado del Bristol frente al Norwich, que ya hay que tener vicio y ganas para seguir al dedillo los resultados de la segunda división inglesa.

Lo anecdótico se tornó en tragedia cuando un programa de radio me puso en la pista del nuevo perfil de ludópata al que tienen que atender los especialistas, y que ya no es el señor de las tragaperras del bar de la esquina, ni la señora que se sienta en un bingo desde las cuatro hasta la medianoche. Hoy los ludópatas no salen de casa o, como mucho, se acercan a esos locales de apuestas que están proliferando en los barrios más humildes.

Algunos tenemos dudas sobre si la mejor manera de acabar con el desempleo y con la falta de tejido productivo sea jugárselo todo a cartas que te prometen una recompensa rápida y golosa. Me cuesta creer que alguien vaya a invertir 1.000 millones, a crear 2.000 puestosde trabajo y construir 3.000 plazas hoteleras en un territorio que está lejos de los grandes núcleos de población, con un aeropuerto de dos vuelos diarios y sin un kilómetro de tren electrificado. Me pregunto de dónde van a salir los clientes de esos parques de ocio familiares y qué les haría preferir nuestra región. También creo hay un par de precedentes, el de Eurovegas en Madrid y el de Gran Scala en Aragón, que deberían servir para intensificar la prudencia antes de volcarse en fabricar leyes a la medida del primero que pase por aquí.

A algunos puede parecernos más sensato creer en la economía verde circular, apoyar sin remilgos a quienes investigan en estos campos y calcular de manera innovadora e inteligente cuál es el modelo productivo que más le conviene a nuestra tierra en un mundo como el que se avecina. Si la gran apuesta es conseguir una gran inversión que rebaje de golpe las cifras de desempleo, me temo que estamos ante una jugada muy arriesgada. Habrá que pensársela muy bien y no dejarse tentar por lo de “hagan juego, señores”.

Publicado en el diario HOY el 4 de abril de 2018. 



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21 marzo, 2018

Los límites de la segregación

Desde que conocí la historia de Rosa Parks me pregunto por qué esta mujer no tiene una avenida que la recuerde en cada rincón del planeta. Rosa fue aquella mujer negra que en 1955 decidió no levantarse de un asiento del autobús que estaba reservado a personas de piel blanca. Hoy lo cuentas y parece irreal que hubiera mentes tan enfermas como para pensar que los seres humanos no debían compartir determinados espacios con otros en función de ser de una u otra raza.

Todo hace indicar que en los próximos días la palabra segregación volverá a estar por todos los lados si, como indican muchas fuentes, el Tribunal Constitucional acaba por bendecir la Ley Wert en lo que respecta a la legalidad de discriminar en las escuelas sostenidas con fondos públicos. He releído la acepción del verbo discriminar y creo que para este caso son válidas las dos acepciones, tanto la que se ciñe al mero el hecho de “seleccionar excluyendo”, como la que habla de “dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, etc”.

Parece como si volviéramos hacia atrás. No hace ni 40 años que en Badajoz, por poner un ejemplo concreto, se construyeron en los dos barrios más populares unos institutos de enseñanza media a los que apellidaron como mixtos. En ellos iban a compartir pupitre las chicas y los chicos, y aún se tardó un par de años en que esa novedad llegara a los sacrosantos institutos del centro de la ciudad. Cuando les cuentas estas historias a adolescentes de hoy en día no acaban de creérselo del todo, piensan que estás haciendo humor absurdo y con poca gracia. Pero al mismo tiempo que asumíamos con normalidad la coeducación de niñas y niños, ha habido poderes fácticos del catolicismo más conservador que han movido sus hilos para que las leyes permitan que les paguemos sus escuelas segregadas. Quienes defienden la bondad de la segregación por sexos se escudan en la mejora del rendimiento académico que lleva implícito, ignorando que la educación es mucho más que conocimiento y que en las escuelas se aprende también a vivir, a convivir, a compartir y a muchas otras cosas. En agosto de 2014 Beatriz Muñoz González publicó en estas mismas páginas un magnífico artículo titulado “Escuelas segregadas”, en el que echaba por tierra los argumentos segregacionistas y que es de obligada relectura en días como el de hoy.

Pero ahora lo que más me preocupa es cuál será la próxima segregación. ¿Podrá un colegio sostenido con fondos públicos rechazar a gitanos, a inmigrantes, a niños con síndrome de Down o a los hijos de madres pobres que no pueden pagar las “voluntarias” cuotas de actividades extraescolares? ¿Acaso se está haciendo ya y no nos hemos enterado? Si el poder de grupos religiosos infiltrados en las más altas instancias acaba por no poner límites a la segregación, pronto necesitaremos heroicidades como las de Rosa Parks.

Publicado en el diario HOY el 21 de marzo de 2018

07 marzo, 2018

Compañeras

Todavía hay mucha gente, más de la que cabría esperar, que no sabe por qué se celebra el 8 de marzo. Cuando les cuentas que hace 110 años un patrón prendió fuego a la fábrica en la que estaban encerradas 146 trabajadoras reclamando mejoras salariales, se quedan con un gesto de asombro y perplejidad. Mañana, esas mujeres que conforman la mitad del mundo, las que han estado oprimidas por la fuerza bruta durante siglos, han decidido organizarse, decir que ya basta, mostrar su valía y lo imprescindibles que son para que nuestras sociedades sean humanas en el más amplio sentido del término. 

Quienes intentaron desprestigiar la palabra feminismo lo hicieron muy bien para sus intereses. Lograron hacer creer, incluso a muchas mujeres, que era lo contrario que el machismo y que el objetivo del movimiento era el de subyugar al varón, quizá como venganza por lo que habían padecido durante todos los siglos en los que la fuerza daba más poder que cualquier atisbo de inteligencia. Nada de eso está sobre la mesa sino algo más simple: conseguir que todos los seres humanos tengan los mismos derechos, tanto en la letra de lo que dicen las leyes como en la realidad que se aplica en la calle. 

¿Hay razones para organizar esta protesta global? Mucho me temo que sí. No hay dato estadístico que no corrobore científicamente la discriminación que sufren las mujeres en todo el planeta: víctimas de acoso y violencia de género, brechas salariales, exclusiones a la hora de acceder al mercado de trabajo y una retahíla que podría ocupar varias páginas. Solo en un puñado de países se ha conseguido aliviar el dolor de la más transversal y profunda herida que nos hemos dejado en la evolución del género humano. Acabó el siglo XX y pensábamos que no había vuelta de hoja en la historia, que jamás volveríamos a discriminar por razón de raza, color de piel, religión, ideas o condición social. Y nos dejamos la más importante, la más repetida en cada rincón del planeta, en cada casa y en cada familia.

Mañana, compañeras, es un día para hacer historia, un día para poder contarlo a vuestras hijas, sobrinas o nietas, un día que podréis recordar con orgullo porque marcará un antes y un después en las luchas feministas de todos los países. El machismo ya no va a poder esconderse y habrá que decantarse por la igualdad o por dejar que las cosas sigan como están. Y, mientras tanto, los varones tenemos mucho que hacer para que esta lucha llegue a buen puerto: animar a las compañeras a sumarse, compartir una causa que también es nuestra y dejar que sean las protagonistas de su gran salto adelante. Ya han demostrado que son capaces. ¿Es esta una huelga ideológica? Pues sí, como todo en la vida. Y no secundarla ante lo que ocurre en este mundo también es una postura muy ideológica: la más antigua e insolidaria de de todos los tiempos, por cierto. 
Publicado en el diario HOY el 7 de marzo de 2018


21 febrero, 2018

Don de lenguas


Un día dejé de creer en los espíritus y me aficioné de manera obsesiva por las palabras, ya que era la única manera de alcanzar algo parecido al don de lenguas que repartía en exclusiva el espíritu santo. Probablemente fue mi profesora de latín del instituto la que me inculcó esta manía de querer conocer la etimología de cada término y de averiguar cómo se llaman las cosas en otros lugares del mundo. De repente, parece como si esa enfermedad crónica que padezco se hubiera convertido en epidemia y hay especialistas en el lenguaje por doquier, todo el mundo inventa palabras, todo el mundo critica las palabras inventadas por otros y nadie se calla cuando se habla de métodos para enseñar lenguas maternas o idiomas extranjeros.

Reconozco que fui un purista del lenguaje. Me molestaba que se inventaran presidenta o concejala porque no veía que residente o vocal necesitaran una “a” al final para referirse a una mujer. También fui muy partidario de la economía del lenguaje y sé que la palabra portavoz no necesita más fonemas añadidos para referirse a una mujer que habla en nombre de un grupo. Pero cambié de manera de pensar y no lo hice tras leer tratados de lingüística, sino con una anécdota vivida en primera persona y protagonizada por mi hija Nerea cuando no había cumplido ni tres años. Estaba bebiéndose un refresco de cola con cafeína y le dije que los niños no podían tomar eso. Ella me miró, dio otro trago y contestó: “pero las niñas sí pueden”. Me di cuenta entonces de que una niña que estaba empezando a hablar había aprendido a diferenciar el masculino y el femenino, al tiempo que aprovechaba mi masculino no inclusivo para salirse con la suya y no darse por aludida.

La realidad es que hemos heredado una lengua que a veces excluye a la mitad de la población y que las mujeres acaban teniendo que asimilar que nos referimos a ellas aunque no las nombremos. Imagino que nuestra lengua continuará degenerando (no olvidemos que es el resultado de la degradación de un latín llamado vulgar) y que acabará siendo más inclusiva.

Mientras tanto, la inmersión lingüística ha invadido los telediarios y todo el mundo opina sobre modelos educativos, lenguas vehiculares, trilingüismo o secciones bilingües. Bienvenido sea el debate si se hace con el rigor debido, pero me temo que es un mero campo de batalla en el que sacar tajada y meter el dedo en el ojo al de enfrente. Como el espíritu santo no va a repartir el don de lenguas, bueno será que intentemos aprender unas cuantas. Hay quien cree que Babel fue una maldición y otros pensamos que la diversidad de formas de comunicación del género humano deberían protegerse con el mismo esmero que lo hacemos con los linces o las pinturas rupestres. Así que no teman por la discriminación del castellano en Cataluña, que es como pensar que el inglés está en peligro en Puerto Rico.

Publicado en el diario HOY el 21 de febrero de 2018.




13 febrero, 2018

La radio

#diamundialdelaradio Día de la radio. Iba a empezar 7º de EGB, era el verano de 1978, y mi tía me trajo de Andorra (cuando se iba allí a por esas cosas) un transistor de radio que solo tenía AM, con una carcasa de plástico roja-anaranjada y con la que me iba a dormir todos los días. Desde entonces no he pasado ni un solo día sin escuchar la radio. En aquella época había un programa sobre educación, que presentaban un tal Gabilondo y una tal Milá, y que se llamaba "Queremos saber". (Luego ella usó ese título para un programa televisivo). Desde entonces he sido muy ecléctico en cuanto a los gustos. Disfruté con el humor de Gomaespuma en los 80 y fui un fanático de Radio 3 ("Tiempos Modernos" con Manolo Ferreras, Poblet y Rioyo; luego llegaría "Trébede" "Discópolis" o "Flor de Pasión"). Una vez gané un concurso en "No es un día cualquiera" de RNE (única vez en mi vida) y descubrí a gente que me hacía pensar en los programas de Julia Otero (Manuel Delgado a primeros de los 90 y a Noelia Adánez ultimamente). Me encanta la voz de Maria Flor Pedroso en Antena 1 (Portugal) y reconozco que escucho todos los días un programa de humor en catalán llamado "La Competència" (Espero que no me llamen a declarar al Supremo por esto). Tengo muy buenos amigos y amigas que hacen radio por aquí cerca (no voy a nombrarlas a todas porque seguro que me dejo a alguna). Últimamente disfruto con el mejor programa que he escuchado en estos 40 años de afición. Se llama "A vivir que son dos días" y lo lleva un tal Javier del Pino": desde la música a la selección de los temas, desde las personas invitadas a casi todos sus colaboradores, hacen de él uno de los mejores alicientes del fin de semana. Si no lo habéis hecho, descubrid la radio.

07 febrero, 2018

La heroicidad de intentar algo distinto

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El pasado 13 de diciembre escribí en este mismo espacio sobre otras maneras de aprender, atraído por el contenido de una conferencia de Bob Lenz sobre el aprendizaje basado en proyectos. Me había olvidado ya de esa historia cuando leí el reportaje de Ana B. Hernández sobre el rechazo de algunas madres y padres hacia la metodología finlandesa implantada por las maestras de infantil en una escuela extremeña. Lejos de mi intención está el dirimir si en ese caso concreto tienen razón las familias que se quejan, las que están contentas o las profesoras, porque ni es el espacio, ni tengo todos los datos. En cambio, esta polémica me ha hecho recordar lo sencillo que es sobrevivir haciendo lo que se ha hecho toda la vida y lo complicado que es salirse de los caminos trillados



Hace ya muchos años tuve un profesor de literatura que decidió romper con el esquema tradicional de la enseñanza, aparcó las gruesas enciclopedias en las que se desgranaban títulos y fechas de publicaciones y se sentó en la mesa para comentar participativamente obras del Duque de Rivas o Galdós. Se pueden imaginar que al tercer día el delegado de clase ya estaba rodeado de gente que, con las manos en la cabeza y entre lágrimas, pedían que hiciera algo para que aquel loco profesor volviera a la “normalidad” de dictar unos apuntes que memorizar y poner en el examen. También recuerdo a una profesora de idiomas que escribía para sus clases un auténtico serial, introduciendo en las situaciones comunicativas detalles de la actualidad y de los gustos de los propios alumnos-actores, pero que acabó abandonando porque un rancio departamento y un par de quejas de padres aconsejaba volver al tedioso mundo de rellenar los espacios en blanco con la palabra adecuada.



Lo más fácil es siempre seguir la corriente, hacer lo que está previsto, repetir lo que está marcado sin pararse a pensar en si merece o no la pena. Nos hemos acostumbrado a perdonar más al que prosigue con su silencioso fracaso, que a quien innova y da un salto mortal. No me cabe duda de que cualquier cambio tan sustancial en un ámbito como el educativo debe hacerse con mucho consenso, mucha participación de toda la comunidad, todo el apoyo del centro y con garantías de continuidad. Puede que la aplicación de la nueva metodología en ese colegio de Santa Amalia no fuera impecable, pero no caigamos en errores ya vividos desde hace siglos en un país que se jactaba del “que inventen ellos”. Si unas maestras han decidido poner las aulas patas arriba y emular sistemas que han tenido éxito en otros lugares, hay que aplaudirles la heroicidad de intentar algo distinto, porque lo más cómodo para ellas habría sido seguir al pie de la letra los libros de texto y no meterse en líos. Si seguimos haciendo lo mismo de siempre y nos atenaza el miedo a los cambios, acabaremos obteniendo idénticos resultados. Pensémoslo.

Publicado en el diario HOY el 7 de febrero de 201.

24 enero, 2018

Noticias falsas

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Parece que una de las grandes preocupaciones de los gobernantes de muchos países es la proliferación de noticias falsas, esas que los ingleses llaman fake news. Salvo algún personaje que quiera crearse (y creerse) un mundo paralelo y de ficción, imagino que todo el mundo preferirá que le cuenten las cosas tal y como han ocurrido, sin mensajeros que tergiversen, inventen o manipulen los hechos. Así que en unos tiempos en los que es difícil lograr la unanimidad, parece que está fuera de toda duda la bondad de la verdad a la hora de elaborar y difundir la información.



Tampoco es ninguna novedad que la mentira y la manipulación son tan antiguas como la propia humanidad, e incluso sabemos que algún político e historiador romano ya narraba las guerras magnificándose a sí mismo y ocultando sus propios fracasos. Me temo que va a ser difícil poner puertas al campo a la capacidad que hoy existe para propagar cualquier cosa, incluso la más inverosímil, e imagino que todos habremos recibido ya mensajes de amigos a los que les han colado malintencionadas noticias inventadas o bromas benignas para echar unas risas. Quizá la solución no vaya a estar tanto en intentar censurar lo imposible como en repartir sentido crítico a raudales y enseñar a la gente a distinguir fuentes fiables de las que no lo son. No cabe duda de que una de las mejores herramientas para defendernos de las informaciones falsas es la existencia de un periodismo serio y honrado, que no tenga más ataduras que cumplir con unos códigos éticos. Lástima que, en ocasiones, el que paga es el que manda y esos códigos pasen a un cuarto o quinto plano en el mejor de los casos.



La historia más reciente está plagada de fakes de todo tipo: desde la guerra de los mundos de Orson Wells hasta al reportaje sobre el 23F de Jordi Évole, pasando por el cormorán impregnado de petróleo y que juraban que era obra del malvado Saddam y resultó ser víctima del petrolero Exxon Valdez. La diferencia entre el pasado y el presente es que antes las noticias falsas estaban en manos de gobiernos y de un centenar de dueños de medios de comunicación, mientras que ahora hay cuatro mil millones de seres humanos con un teléfono en el bolsillo y con la capacidad de propagar en 24 horas que la candidata presidencial dirige una red de trata de seres humanos desde la trastienda de una pizzería.



Si preocupante es la proliferación de “hechos alternativos”, que así es como llamó a las mentiras una asesora de Trump,  no lo es menos el intento de atenazar la libertad de expresión aprovechando el paso de este Pisuerga. Me inquieta que ahora pretendan ponerse firmes con un tuitero que imita a los de www.elmundotoday.com aquellos mismos que abrieron el telediario con una caída de árbol en Holanda, el mismo día que el principal imputado de la Gürtel cantaba La Traviata.

Publicado en el diario HOY el 24 de enero de 2018.


10 enero, 2018

Islandia

Me gustaría conocer Islandia y recorrer sus paisajes durante un luminoso mes de junio. Sabemos muy poco de ese país: tiene la mitad de los habitantes de la provincia de Badajoz y le plantó cara a los banqueros corruptos y a los causantes de la crisis como nadie supo hacerlo en el resto del mundo. La semana pasada volvió a las noticias por la aprobación de una normativa que pretendía hacer efectiva la igualdad de salarios entre mujeres y varones.



Y no es que en Islandia acabe de morir el último rey vikingo de la edad media, puesto que esa igualdad teórica ya estaba amparada en la legislación desde hace varios años. Lo que ha ocurrido es que se han dado cuenta de que lo que está en los papeles no había bajado a la realidad y no se plasmaba en cada nómina. Imagino que en ese país se habrán acostumbrado a hacer algo que deberíamos copiar y que consiste en evaluar las leyes o los proyectos cuando llevan cierto tiempo en vigor. De nada sirve tener los decretos mejor redactados del mundo si no hay manera de ponerlos en marcha o garantizar su cumplimiento.



¿Es generalizado ese incumplimiento de las leyes? Evidentemente no. Todo depende de quien sea el beneficiario o el perjudicado. De todos es sabido que la ley del embudo suele tener la boca muy ancha para los que están arriba y que se estrecha muchísimo en la parte de abajo. Solo así se explica que supremos y altísimos tribunales se reúnan hasta en domingo cuando hay que sacar adelante determinados asuntos, mientras que los artículos que garantizan derechos humanos fundamentales (y escritos con tinta en las Cartas Magnas) no hay manera de que se puedan hacer efectivos porque son considerados declaraciones de intenciones que no se pueden seguir al pie de la letra.



A veces no se sabe qué es peor, si la rabia de no tener derechos o la humillación de tenerlos reconocidos y no poder disfrutarlos. En Alemania acaba de tener que promulgarse una ley que permitirá a las mujeres comprobar si sus compañeros de trabajo cobran más realizando las mismas labores, mientras que la corresponsal de la BBC en China ha tenido que denunciar en su propio medio de comunicación la disparidad salarial que (casi) siempre se inclina en perjuicio de ellas.



Comienza 2018 y lo hace con cierta esperanza. Oprah Winfrey nos hablaba durante la entrega de los Globos de Oro de un nuevo día en el horizonte y quizá ese día no nos traiga la belleza espectacular de las auroras boreales de las tierras de Islandia, esas que todo el mundo dice que hay que ver al menos una vez en la vida. Preferiría no verlas jamás si, a cambio, en cada lugar del mundo desterráramos para siempre los machismos, las violencias que generan, las desigualdades, las discriminaciones, los menosprecios, los acosos y las injusticias que sufren y han sufrido nuestras madres, hijas, hermanas y compañeras. No es poco.

Publicado en HOY el 10 de enero de 2018.



27 diciembre, 2017

Pasar página

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Hay un par de poetas catalanes que me encantan y de los que, de vez en cuando, me vienen a la memoria algunos de sus versos sueltos. De Miquel Martí i Pol he aprendido como consejo aquello de pasar la hoja y no empeñarse en leer la misma página. El domingo arrancaremos la última del calendario y tan peligroso será creer que no ha pasado nada antes, como pensar que lo que ya ha ocurrido sigue siendo un presente inalterable. El tiempo existe y parece que es una cuestión unánime para físicos, filósofas y hasta teólogos. Aunque no hagamos nada, el tiempo todo lo cambia. Y quien no crea lo que digo que rebusque en la caja de sus fotografías viejas y se mire luego al espejo para deshacer el equívoco.



El año que viene habrá que desenredar líos, habrá que buscar salidas honrosas, habrá que no volver a caer en errores cometidos y habrá que poner en orden lo que es prioritario en el mundo, en nuestro continente, en nuestros barrios y hasta en nuestras casas. Muchas veces nos pierde lo más inmediato y no reparamos en que lo más importante se puede estar gestando en otro lugar del planeta y que será demasiado tarde cuando intentemos atajar sus consecuencias. La sequía que han sufrido en amplias zonas de África hacen presagiar hambrunas que impulsarán a la población a huir de la muerte hacia el norte, hacia el continente europeo en el que habitamos. Si este año perecieron más de 3000 personas en el Mediterráneo, se calcula que la cifra se podría llegar a duplicar debido a esas sequías y hambrunas generalizadas. Un número que no nos dice nada porque no tenemos referencias para calibrar su medida: quizá les diga más que cada año se nos ahogan en nuestro mar tanta gente inocente como aquel 11 de septiembre en el que se cayeron las torres gemelas.



El año que llega será clave para saber si estamos dispuestos a luchar para que haya más libertades en el mundo. El panorama es desalentador porque Trump tiene sus seguidores y todo aquel que se atreva a discrepar de lo oficial va a ver cómo se escudriñan cada una de las palabras escritas o pronunciadas. Estamos, además, en la antesala de algo que ya creíamos superado: tantos años nos hartamos de decir que todas las ideas eran legítimas siempre que no se utilizara la violencia, y ahora tenemos la duda de si un día acabará siendo delito estar a favor de la república, de la abolición de la tauromaquia o de la ayuda humanitaria a quienes huyen de la muerte en África y llegan a nuestras playas.




Mientras pasamos página me acuerdo de ese otro poeta catalán que despierta mi curiosidad y que se llama Joan Margarit. Escribe cosas como que la libertad es la razón de vivir, un extraño viaje, el alba en un día de huelga general, ir indocumentado o una librería. Esperemos que siga habiendo libertades (y librerías).

Publicado en el diario HOY un 27 de diciembre de 2017.