13 febrero, 2018

La radio

#diamundialdelaradio Día de la radio. Iba a empezar 7º de EGB, era el verano de 1978, y mi tía me trajo de Andorra (cuando se iba allí a por esas cosas) un transistor de radio que solo tenía AM, con una carcasa de plástico roja-anaranjada y con la que me iba a dormir todos los días. Desde entonces no he pasado ni un solo día sin escuchar la radio. En aquella época había un programa sobre educación, que presentaban un tal Gabilondo y una tal Milá, y que se llamaba "Queremos saber". (Luego ella usó ese título para un programa televisivo). Desde entonces he sido muy ecléctico en cuanto a los gustos. Disfruté con el humor de Gomaespuma en los 80 y fui un fanático de Radio 3 ("Tiempos Modernos" con Manolo Ferreras, Poblet y Rioyo; luego llegaría "Trébede" "Discópolis" o "Flor de Pasión"). Una vez gané un concurso en "No es un día cualquiera" de RNE (única vez en mi vida) y descubrí a gente que me hacía pensar en los programas de Julia Otero (Manuel Delgado a primeros de los 90 y a Noelia Adánez ultimamente). Me encanta la voz de Maria Flor Pedroso en Antena 1 (Portugal) y reconozco que escucho todos los días un programa de humor en catalán llamado "La Competència" (Espero que no me llamen a declarar al Supremo por esto). Tengo muy buenos amigos y amigas que hacen radio por aquí cerca (no voy a nombrarlas a todas porque seguro que me dejo a alguna). Últimamente disfruto con el mejor programa que he escuchado en estos 40 años de afición. Se llama "A vivir que son dos días" y lo lleva un tal Javier del Pino": desde la música a la selección de los temas, desde las personas invitadas a casi todos sus colaboradores, hacen de él uno de los mejores alicientes del fin de semana. Si no lo habéis hecho, descubrid la radio.

07 febrero, 2018

La heroicidad de intentar algo distinto

-->
El pasado 13 de diciembre escribí en este mismo espacio sobre otras maneras de aprender, atraído por el contenido de una conferencia de Bob Lenz sobre el aprendizaje basado en proyectos. Me había olvidado ya de esa historia cuando leí el reportaje de Ana B. Hernández sobre el rechazo de algunas madres y padres hacia la metodología finlandesa implantada por las maestras de infantil en una escuela extremeña. Lejos de mi intención está el dirimir si en ese caso concreto tienen razón las familias que se quejan, las que están contentas o las profesoras, porque ni es el espacio, ni tengo todos los datos. En cambio, esta polémica me ha hecho recordar lo sencillo que es sobrevivir haciendo lo que se ha hecho toda la vida y lo complicado que es salirse de los caminos trillados



Hace ya muchos años tuve un profesor de literatura que decidió romper con el esquema tradicional de la enseñanza, aparcó las gruesas enciclopedias en las que se desgranaban títulos y fechas de publicaciones y se sentó en la mesa para comentar participativamente obras del Duque de Rivas o Galdós. Se pueden imaginar que al tercer día el delegado de clase ya estaba rodeado de gente que, con las manos en la cabeza y entre lágrimas, pedían que hiciera algo para que aquel loco profesor volviera a la “normalidad” de dictar unos apuntes que memorizar y poner en el examen. También recuerdo a una profesora de idiomas que escribía para sus clases un auténtico serial, introduciendo en las situaciones comunicativas detalles de la actualidad y de los gustos de los propios alumnos-actores, pero que acabó abandonando porque un rancio departamento y un par de quejas de padres aconsejaba volver al tedioso mundo de rellenar los espacios en blanco con la palabra adecuada.



Lo más fácil es siempre seguir la corriente, hacer lo que está previsto, repetir lo que está marcado sin pararse a pensar en si merece o no la pena. Nos hemos acostumbrado a perdonar más al que prosigue con su silencioso fracaso, que a quien innova y da un salto mortal. No me cabe duda de que cualquier cambio tan sustancial en un ámbito como el educativo debe hacerse con mucho consenso, mucha participación de toda la comunidad, todo el apoyo del centro y con garantías de continuidad. Puede que la aplicación de la nueva metodología en ese colegio de Santa Amalia no fuera impecable, pero no caigamos en errores ya vividos desde hace siglos en un país que se jactaba del “que inventen ellos”. Si unas maestras han decidido poner las aulas patas arriba y emular sistemas que han tenido éxito en otros lugares, hay que aplaudirles la heroicidad de intentar algo distinto, porque lo más cómodo para ellas habría sido seguir al pie de la letra los libros de texto y no meterse en líos. Si seguimos haciendo lo mismo de siempre y nos atenaza el miedo a los cambios, acabaremos obteniendo idénticos resultados. Pensémoslo.

Publicado en el diario HOY el 7 de febrero de 201.

24 enero, 2018

Noticias falsas

-->
Parece que una de las grandes preocupaciones de los gobernantes de muchos países es la proliferación de noticias falsas, esas que los ingleses llaman fake news. Salvo algún personaje que quiera crearse (y creerse) un mundo paralelo y de ficción, imagino que todo el mundo preferirá que le cuenten las cosas tal y como han ocurrido, sin mensajeros que tergiversen, inventen o manipulen los hechos. Así que en unos tiempos en los que es difícil lograr la unanimidad, parece que está fuera de toda duda la bondad de la verdad a la hora de elaborar y difundir la información.



Tampoco es ninguna novedad que la mentira y la manipulación son tan antiguas como la propia humanidad, e incluso sabemos que algún político e historiador romano ya narraba las guerras magnificándose a sí mismo y ocultando sus propios fracasos. Me temo que va a ser difícil poner puertas al campo a la capacidad que hoy existe para propagar cualquier cosa, incluso la más inverosímil, e imagino que todos habremos recibido ya mensajes de amigos a los que les han colado malintencionadas noticias inventadas o bromas benignas para echar unas risas. Quizá la solución no vaya a estar tanto en intentar censurar lo imposible como en repartir sentido crítico a raudales y enseñar a la gente a distinguir fuentes fiables de las que no lo son. No cabe duda de que una de las mejores herramientas para defendernos de las informaciones falsas es la existencia de un periodismo serio y honrado, que no tenga más ataduras que cumplir con unos códigos éticos. Lástima que, en ocasiones, el que paga es el que manda y esos códigos pasen a un cuarto o quinto plano en el mejor de los casos.



La historia más reciente está plagada de fakes de todo tipo: desde la guerra de los mundos de Orson Wells hasta al reportaje sobre el 23F de Jordi Évole, pasando por el cormorán impregnado de petróleo y que juraban que era obra del malvado Saddam y resultó ser víctima del petrolero Exxon Valdez. La diferencia entre el pasado y el presente es que antes las noticias falsas estaban en manos de gobiernos y de un centenar de dueños de medios de comunicación, mientras que ahora hay cuatro mil millones de seres humanos con un teléfono en el bolsillo y con la capacidad de propagar en 24 horas que la candidata presidencial dirige una red de trata de seres humanos desde la trastienda de una pizzería.



Si preocupante es la proliferación de “hechos alternativos”, que así es como llamó a las mentiras una asesora de Trump,  no lo es menos el intento de atenazar la libertad de expresión aprovechando el paso de este Pisuerga. Me inquieta que ahora pretendan ponerse firmes con un tuitero que imita a los de www.elmundotoday.com aquellos mismos que abrieron el telediario con una caída de árbol en Holanda, el mismo día que el principal imputado de la Gürtel cantaba La Traviata.

Publicado en el diario HOY el 24 de enero de 2018.


10 enero, 2018

Islandia

Me gustaría conocer Islandia y recorrer sus paisajes durante un luminoso mes de junio. Sabemos muy poco de ese país: tiene la mitad de los habitantes de la provincia de Badajoz y le plantó cara a los banqueros corruptos y a los causantes de la crisis como nadie supo hacerlo en el resto del mundo. La semana pasada volvió a las noticias por la aprobación de una normativa que pretendía hacer efectiva la igualdad de salarios entre mujeres y varones.



Y no es que en Islandia acabe de morir el último rey vikingo de la edad media, puesto que esa igualdad teórica ya estaba amparada en la legislación desde hace varios años. Lo que ha ocurrido es que se han dado cuenta de que lo que está en los papeles no había bajado a la realidad y no se plasmaba en cada nómina. Imagino que en ese país se habrán acostumbrado a hacer algo que deberíamos copiar y que consiste en evaluar las leyes o los proyectos cuando llevan cierto tiempo en vigor. De nada sirve tener los decretos mejor redactados del mundo si no hay manera de ponerlos en marcha o garantizar su cumplimiento.



¿Es generalizado ese incumplimiento de las leyes? Evidentemente no. Todo depende de quien sea el beneficiario o el perjudicado. De todos es sabido que la ley del embudo suele tener la boca muy ancha para los que están arriba y que se estrecha muchísimo en la parte de abajo. Solo así se explica que supremos y altísimos tribunales se reúnan hasta en domingo cuando hay que sacar adelante determinados asuntos, mientras que los artículos que garantizan derechos humanos fundamentales (y escritos con tinta en las Cartas Magnas) no hay manera de que se puedan hacer efectivos porque son considerados declaraciones de intenciones que no se pueden seguir al pie de la letra.



A veces no se sabe qué es peor, si la rabia de no tener derechos o la humillación de tenerlos reconocidos y no poder disfrutarlos. En Alemania acaba de tener que promulgarse una ley que permitirá a las mujeres comprobar si sus compañeros de trabajo cobran más realizando las mismas labores, mientras que la corresponsal de la BBC en China ha tenido que denunciar en su propio medio de comunicación la disparidad salarial que (casi) siempre se inclina en perjuicio de ellas.



Comienza 2018 y lo hace con cierta esperanza. Oprah Winfrey nos hablaba durante la entrega de los Globos de Oro de un nuevo día en el horizonte y quizá ese día no nos traiga la belleza espectacular de las auroras boreales de las tierras de Islandia, esas que todo el mundo dice que hay que ver al menos una vez en la vida. Preferiría no verlas jamás si, a cambio, en cada lugar del mundo desterráramos para siempre los machismos, las violencias que generan, las desigualdades, las discriminaciones, los menosprecios, los acosos y las injusticias que sufren y han sufrido nuestras madres, hijas, hermanas y compañeras. No es poco.

Publicado en HOY el 10 de enero de 2018.



27 diciembre, 2017

Pasar página

-->
Hay un par de poetas catalanes que me encantan y de los que, de vez en cuando, me vienen a la memoria algunos de sus versos sueltos. De Miquel Martí i Pol he aprendido como consejo aquello de pasar la hoja y no empeñarse en leer la misma página. El domingo arrancaremos la última del calendario y tan peligroso será creer que no ha pasado nada antes, como pensar que lo que ya ha ocurrido sigue siendo un presente inalterable. El tiempo existe y parece que es una cuestión unánime para físicos, filósofas y hasta teólogos. Aunque no hagamos nada, el tiempo todo lo cambia. Y quien no crea lo que digo que rebusque en la caja de sus fotografías viejas y se mire luego al espejo para deshacer el equívoco.



El año que viene habrá que desenredar líos, habrá que buscar salidas honrosas, habrá que no volver a caer en errores cometidos y habrá que poner en orden lo que es prioritario en el mundo, en nuestro continente, en nuestros barrios y hasta en nuestras casas. Muchas veces nos pierde lo más inmediato y no reparamos en que lo más importante se puede estar gestando en otro lugar del planeta y que será demasiado tarde cuando intentemos atajar sus consecuencias. La sequía que han sufrido en amplias zonas de África hacen presagiar hambrunas que impulsarán a la población a huir de la muerte hacia el norte, hacia el continente europeo en el que habitamos. Si este año perecieron más de 3000 personas en el Mediterráneo, se calcula que la cifra se podría llegar a duplicar debido a esas sequías y hambrunas generalizadas. Un número que no nos dice nada porque no tenemos referencias para calibrar su medida: quizá les diga más que cada año se nos ahogan en nuestro mar tanta gente inocente como aquel 11 de septiembre en el que se cayeron las torres gemelas.



El año que llega será clave para saber si estamos dispuestos a luchar para que haya más libertades en el mundo. El panorama es desalentador porque Trump tiene sus seguidores y todo aquel que se atreva a discrepar de lo oficial va a ver cómo se escudriñan cada una de las palabras escritas o pronunciadas. Estamos, además, en la antesala de algo que ya creíamos superado: tantos años nos hartamos de decir que todas las ideas eran legítimas siempre que no se utilizara la violencia, y ahora tenemos la duda de si un día acabará siendo delito estar a favor de la república, de la abolición de la tauromaquia o de la ayuda humanitaria a quienes huyen de la muerte en África y llegan a nuestras playas.




Mientras pasamos página me acuerdo de ese otro poeta catalán que despierta mi curiosidad y que se llama Joan Margarit. Escribe cosas como que la libertad es la razón de vivir, un extraño viaje, el alba en un día de huelga general, ir indocumentado o una librería. Esperemos que siga habiendo libertades (y librerías).

Publicado en el diario HOY un 27 de diciembre de 2017.

13 diciembre, 2017

Otras maneras de aprender




Fue hace unos quince días. Estaba huyendo del monotema que ustedes saben, sobre el que algunos vienen escribiendo sin pausa desde hace tres o cuatro meses, y me encontré con un vídeo curioso y llamativo. Lenz es el apellido de uno de los mayores expertos educativos en el mundo y contaba durante una conferencia en Sevilla los avances que supone el aprendizaje basado en proyectos. Imaginarán muchos de ustedes que se trata de algo muy novedoso, pero la verdad es que los docentes más intrépidos (y menos acomodaticios) llevan ya años poniéndolo en práctica. Zafarse de lo habitual y de lo preestablecido suele ser un quebradero de cabeza para quien enseña, aunque también tiene sus recompensas. Descubres un día, como leíamos hace poco en este periódico, que el último premio extraordinario de bachillerato en Extremadura a quien más recordaba de su paso por las aulas era a su profesora de 6º de primaria con la que hacían de todo menos exámenes. Intentar transmitir la pasión por el descubrimiento es quizá la tarea más difícil de quienes se dedican a enseñar. A veces, por cierto, esa pasión se desvanece porque tenemos demasiada burocracia, demasiadas cuadrículas que rellenar y pocos espacios en blanco para que la creatividad campe a sus anchas.


No podía imaginar que Bob Lenz llevara a sus conferencias el fruto de su primer trabajo como alumno de un sistema de aprendizaje basado en proyectos. Era un libro de poemas escrito a los once años y en el que todo el proceso creativo, desde la métrica a la encuadernación, había formado parte de una estrategia más colaborativa que competitiva, más práctica que teórica y, sobre todo, menos academicista que la que vemos en el día a día. Recordaba Lenz algo que he escuchado a todas las personas que han convivido con estas metodologías tan alejadas de la lección magistral, la memorización y la repetición de lo memorizado en forma de examen: lo que se aprende de forma práctica y vivida es algo que permanece y te prepara para la vida real. 


En 2015 fue noticia en los periódicos que algunos de los más renombrados colegios jesuitas de Cataluña habían puesto las aulas patas arriba, habían arrancado los pupitres orientados y alineados hacia la pizarra y habían comenzado a poner en práctica algo tan simple y revolucionario como usar todos los elementos de la vida para construir un proceso de aprendizaje, en el que cada alumna se va haciendo autónoma a pasos agigantados y donde los compartimentos estancos de las asignaturas se entremezclan como en la vida misma. A quienes hoy cumplen quince años, a esos que no pueden estar callados y en silencio durante seis horas seguidas, a quienes los adultos les vamos a dejar un mundo mucho peor que el que nosotros recibimos, deberíamos recompensarles con la oportunidad de probar esos otros modos de aprender que con tanto entusiasmo defienden gente como Bob Lenz, que lleva siempre consigo aquel libro de poesía.

Publicado en el diario HOY el 13 de diciembre de 2017.

 

29 noviembre, 2017

Centro de salud



Hace unos meses me contaba un médico veterano que los jóvenes profesionales de la medicina estaban más preparados que nunca para ejercer la profesión desde el punto de vista científico. Pero, a renglón seguido, me señalaba que esa enorme ventaja de conocimiento y de preparación tenía algunas pequeñas lagunas por el descuido de un elemento imprescindible, no solo ya para quienes se ocupan de algo tan importante como sanar a las personas, sino también para cualquier servidor público que ha de tratar con la ciudadanía. Me comentaba que no basta con recopilar todos los datos analíticos recogidos, diagnosticar e indicar el tratamiento desde el teclado de un ordenador, porque tan importante como la precisión, el acierto y la profesionalidad es, en muchas ocasiones, la humanización de los procesos: acercarse, preguntar, mostrar empatía, dar ánimos, quitar miedos y hacer saber que quien te está atendiendo es un congénere y no un perfecto robot.

Siempre tuve miedo de médicos y hospitales hasta que llegué a mi barrio. El primer centro de salud era uno en la carretera de Campo Maior que se caía a cachos, pero donde descubrí un interés del personal por los pacientes que no había visto hasta entonces. Además, se aprendía mucho en aquellos pasillos que simulaban ser una sala de espera, donde llegué a escuchar que las Cuestas de Orinaza iban a ser derribadas para construir allí una central nuclear. Luego nos hicieron un flamante centro de salud nuevo en el Parque de San Fernando y después reconstruyeron totalmente el anterior. Entonces tuve que elegir uno de los dos centros y preferí quedarme en el del parque, para poder seguir con la entrañable pediatra Mª Jesús, aunque eso suponía perder de vista a una magnifica médico de familia, que nos recordaba a la doctora Queen de una serie de los años 90,  y que tardaba el tiempo que fuera necesario para atenderte como es debido.

Así que nos acabó tocando un médico que no era nuevo en el centro pero sí para mí. Y un día me puse en la puerta de la consulta y escuché la conversación de las vecinas del barrio, que no hacían más que pisarse la palabra unas a otras y exclamar “¡qué bueno es Don Antonio!”. Así han pasado varios años y el viernes, cuando iba a vacunarme, encontré globos y carteles que daban las gracias a Don Antonio. Era su último día antes de la jubilación y los cuatro que estábamos a la espera permanecimos en silencio hasta que cada uno fue desgranando el aprecio que tenía por su médico de la sanidad pública, y por lo atento que había sido con cada uno de ellos durante años.

Imagino que entre los jóvenes galenos también habrá muchos que sí sabrán conjugar la enorme preparación con esa capacidad de escuchar y de transmitirnos sosiego que he visto en el personal del centro de salud de mi barrio. A veces lo excelente está más cerca de lo que pensamos.

Publicado en el diario HOY el 30 de noviembre de 2017 

19 noviembre, 2017

A pesar de todo, sí.

Hace casi trece años empecé a usar todos los días y he seguido al detalle todo el devenir de las promesas del ferrocarril en la región, me he informado de cómo funcionan los trenes en medio mundo, de los modelos de desarrollo de unos y de otros. En Extremadura ha costado muchísimo que la reivindicación del tren se hiciera eco más allá de lo que dos o tres pudiéramos escribir en los periódicos y de lo que unos cuantos colectivos clamaban sin ser escuchados por las autoridades regionales o centrales. Es imprescindible recordar que en esos tiempos sí que hubo colectivos que defendieron la reapertura de la Vía de la Plata, que lucharon por mantener el carácter público del servicio, que reclamaron que las vías y los servicios llegaran a más población y que exigieron que los nuevos trazados respetaran el territorio. Y durante mucho tiempo estuvieron solos y fueron absolutamente ninguneados. Hay que decirlo.

El Pacto por el ferrocarril no fue lo que muchos hubiéramos preferido. Me habría encantado que hubiera sido la sociedad civil  la que hubiera abierto el camino en este desierto de lucha reivindicativa masiva en el que se ha convertido Extremadura (y del que algunos se han beneficiado). Pero también hay que decir que fue un logro que ese pacto no acabara reclamando en portada “un AVE como el que tienen todos los demás”, que es algo que me he cansado de escuchar a muchos de los que se han subido a última hora a este carro de la reivindicación del tren. Los que estamos informados de lo que ocurre en Portugal con el tren sabemos que en las próximas décadas no hay ni una sola intención de poner en marcha un proyecto con tecnología TGV en dicho país, y es algo unánime. Los 313 km que separan Lisboa y Porto se hace en 2 horas y media por 30€. Si algún día llega a Extremadura un tren con prestaciones más que dignas (electrificación, doble vía, ERTMS y velocidades punta de 250 km/h), se podrá hacer el trayecto Madrid Lisboa en menos 5 horas, la mitad de que hoy tenemos. Y en Portugal creen que ni es necesario ni se pueden permitir una inversión tan dañina para el territorio y con tan poco beneficio social. No habrá interés en Poner un AVE hasta la frontera en el horizonte

Pero quiero volver a lo que me ha propiciado este escrito. A la división que la manifestación del 18N en Madrid pudiera estar produciendo entre quienes hemos defendido siempre un tren útil, moderno, accesible, social, integrador y vertebrador del territorio. El miércoles pasado expresaba mis dudas en el artículo de HOY y decía que era una protesta que no estaba exenta de contradicciones. Entiendo los argumentos expresados por Ecologistas en Acción, que desde siempre ha mantenido su posición con razones muy sólidas. Algunos hemos mantenido a nivel particular que había que estar en ese pacto por el ferrocarril para lograr que toda la sociedad extremeña fuera consciente del problema (porque desgraciadamente no era así), a sabiendas de que esa unanimidad se rompería en el momento de poner sobre la mesa qué entendemos por un tren digno.

Ya ha pasado. El 18 de noviembre se ha celebrado, ha ido gente, los políticos se han subido al escenario porque creen que son los más importantes de la sociedad civil y nos hemos vuelto cada uno a nuestras casas para preguntarnos ¿y ahora, qué? Hubiera preferido que estuvieran los políticos junto a la gente y no delante de la gente (la ironía hizo que llegaran los últimos) pero si no hubieran aparecido qué habría pasado: ¿también se lo habríamos reprochado?


Ahora queda lo más difícil: conseguir convencer a la población que el tren que necesitamos no es el que defendían algunos de los que fueron a esa manifestación. Y si para eso ya salimos divididos desde el principio los que creemos que no es el AVE la solución, estaremos acumulando puntos para perder. Por eso he querido extenderme tanto y explicar que, a pesar de todo, sí que era importante dar a conocer a todo el mundo que en Extremadura hay razones para pedir un tren en condiciones. Pero esto no acaba aquí sino todo lo contrario. HOY EMPIEZA TODO en esa lucha y me temo que tendremos que estar al lado de algunos de los que (con sus buenas razones) no estuvieron el 18N en Madrid y alejarnos de otros que estuvieron allí con mucho oportunismo y sin creer en el ferrocarril público, social, ecológico y vertebrador que nos es imprescindible.

*No sé la autoría de la foto, pero me ha encantado ver a amigos y amigas con esta pancarta, que es la que hubiera llevado a Madrid si no me hubiera tocado trabajar.


15 noviembre, 2017

Un poco de dignidad

  
El 18 de noviembre la gente de Extremadura, la que aquí vive y la que se tuvo que marchar para sobrevivir, tiene una cita en Madrid para defender el bien común. No es fácil por estas tierras conseguir que todo el mundo se junte y alce la voz en favor de sus intereses compartidos: desde que en 1979 la movilización popular impidiera que nos convirtiéramos en generadores nucleares rodeados de campo, no se recuerda ninguna tan transversal como la de este sábado, a pesar de que no está exenta de contradicciones.



Hoy sabemos que fue un error callarse ante el deterioro ferroviario en los años 80. Mientras la electrificación y las dobles vías avanzaban por toda la península, por aquí dejábamos que nos cerraran líneas porque el futuro estaba en las autovías. Se cerraba a calicanto la comunicación hacia el norte y el resto se iba degradando, las estaciones se iban abandonando y utilizar el ferrocarril se acabó convirtiendo en una de las actividades para las que se necesita mucha paciencia y gran capacidad para contener la rabia.



El sábado hay que estar en Madrid, físicamente o con el corazón. Hubiera sido deseable que nos pusiéramos de acuerdo en el modelo de ferrocarril que necesitamos en nuestra tierra, pero es el momento de dar a conocer a todo el mundo cómo está nuestro tren. Algunos hemos escrito ya muchos renglones en contra de ese despropósito español de centralizar radialmente todas las comunicaciones del país, con una altísima velocidad que es insostenible desde el punto de vista económico, ecológico y social, como lo prueba el hecho de que solo China, que nos multiplica por 30 en número de habitantes, nos vaya superar en kilómetros de AVE.



Me parece un acierto que la reivindicación de este sábado tenga como distintivo al concepto de dignidad. En los últimos doce años he utilizado el tren en Extremadura más de 5000 veces, he recorrido más de 300.000 km y he recogido anécdotas para varios libros. Sin quererlo me he convertido casi en un experto y me ha tocado explicar a los viajeros eventuales de estos trenes que no hay cafetería, que no se reparten auriculares, que el ruido infernal es porque aún funcionamos con gasoil y que los retrasos no son por algo extraordinario sino el panorama cotidiano. Una señora, que había recorrido en menos de tres horas los 600 km de Barcelona a Madrid y que se acercaba a su sexta ahora para cubrir los 400 km desde la capital hasta Badajoz, me preguntó si nos quejábamos por todo esto. Y tuve que decirle que no, que aquí protestar estaba como mal visto, que todavía se sentía una mezcla de miedo y pudor a colocarse tras una pancarta. Si me la volviera encontrar me gustaría decirle que todo cambió, que hubo un día que comenzamos a pedir un poco de dignidad. Ahora toca el tren, pero hay muchas más cosas por las que luchar en voz alta, porque la resignación nunca sirve para nada.
Publicado en el diario HOY el 15 de noviembre de 2017
Entre las muchas imágenes que ilustran en mi blog mis numerosas columnas y reflexiones estaba la del primer billete que usé para ir diariamente a Mérida, en enero de 2005. Hemos pasado de 65€ a 104 € en apenas 12 años. Las mejoras han sido insignificantes. 

01 noviembre, 2017

Cicatrices profundas



No recuerdo en mi vida una época tan agobiante desde el punto de vista informativo, tan monotemática y con tanta capacidad para sepultar otras cosas importantísimas que están sucediendo. Voy esquivando el asunto innombrable como puedo y cada vez me interesan menos las voces de aquellos que tienen la seguridad total de estar en lo cierto y que el de enfrente no tiene ninguna razón.



Las circunstancias me han permitido pasar unos días rodeado de gente venida de muchos países y he podido conocer a personas que me han ayudado a alejarme de los puntos de vista anclados e inamovibles. Un entrañable señor colombiano me animó a conocer su continente sin los estereotipos recurrentes, una rusa que vive junto a Finlandia coincidía en la importancia de conocer las culturas de los que nos rodean, una joven historiadora de Massachusetts me ilustraba sobre capítulos desconocidos del paso por la frontera de Le Perthus, y una francesa me contaba su periplo desde Francia a Tréveris pasando por Barcelona y Buenos Aires.



En cuatro días me he ido reafirmando en que las fronteras, aquellas a las que Schuman llamó cicatrices de la historia, han ido dejando a su alrededor unas zonas llenas de contrastes y diversidad. Rastrear los lugares en las que estuvieron nos permiten ir de un pueblo a otro y ver que la arquitectura cambia, que los olores son distintos, que las costumbres no coinciden, que diferentes palabras designan los mismos objetos y que hasta los gestos pueden significar cosas antagónicas. Me ha gustado conocer lo que opinan sobre lo que pasa por aquí quienes vienen de lejos, porque la falta de información se suple con la ausencia de prejuicios, y uno empieza a pensar que muchos de nuestros problemas proceden de un exceso de datos fabricados para el gusto de cada consumidor y con muy poco temple, con demasiado canto de estadio y poca labor de escucha hacia quien no piensa como nosotros.



Desde hace ya unos días he manifestado en estas páginas mi preocupación por la falta de pontífices -en sentido literal- para este conflicto y por el olvido hacia lo que está ocurriendo mientras tanto. También a las marcas profundas que estas heridas dejarán en la sociedad con el paso del tiempo y al temor a que tarden en cerrarse más de una generación. No sé a ustedes, pero a mí me sobran las fronteras. Y me sobran todas: las que algunos quieren volver a poner donde hace siglos que no había ninguna y las que se mantienen desde hace trescientos años. No quiero que las pongan en el noreste y me repugnan las que están en el sur llenas de concertinas. Creo que nos habría ido mucho mejor si en cada rincón de la península hubiéramos leído por igual a Rosalía, Martí i Pol, Atxaga, Ausiàs March, Florbela Espanca o Gil de Biedma. Habríamos hecho nuestra la cultura de nuestros vecinos y hoy nadie querría huir ni entonar un grito tan inhumano como “a por ellos”.


Publicado en el diario HOY el 1 de noviembre de 2017 
La foto es de © Mai Saki


18 octubre, 2017

Mientras tanto

Las personas que han tenido la oportunidad de salir de la órbita terrestre suelen quedarse impresionadas por las minúsculas dimensiones de nuestro planeta dentro del universo. Acercarse a la tierra y ver las masas de nubes moviéndose, el blanco de la Antártida o las columnas de humo de incendios gigantescos debe de ser un ejercicio en el que se conjuguen la admiración y el pánico. A pesar de lo que nos habían contado, ninguna obra humana se divisa desde fuera de la atmósfera, porque la Gran Muralla China la cubre ya una perenne capa de contaminación que la ha vuelto invisible. Sí que comienzan a ser perceptibles algunas actuaciones humanas de las que no cabría enorgullecerse, como la destrucción de la selva amazónica, el pulmón del planeta.

Si viniera un extraterrestre libre de prejuicios y viera a qué estamos dedicando nuestras preocupaciones y nuestros telediarios, nos pediría que tomáramos distancia, que nos apartáramos, que intentáramos ver las cosas con una perspectiva global. Nos diría que las discusiones sobre las fronteras internas que hemos puesto sobre la tierra son tan patéticas e inútiles como el dilema entre salvar las joyas de la abuela o las escrituras del piso cuando la gigante ola del tsunami está a cinco metros de nuestra ventana. Mientras tanto, mientras que algunos creen que el mundo entero se resquebraja por un ponme aquí una frontera, hemos superado el ecuador del mes de octubre sin quitarnos las sandalias y sin desenchufar el aire acondicionado, en Somalia han fallecido en un solo atentado casi tantas personas como en el 11M de Madrid y en la discoteca de París, en Portugal han muerto 38 personas atrapadas por el fuego, más de 40 en California y Galicia ardía el domingo por los cuatro costados.

Todas las alarmas están anunciadas por los científicos más prestigiosos del mundo y no se ve ni un solo intento serio para intentar salvar el planeta. A este paso es probable que en 30 años ningún ser humano goce de mejor calidad de vida con respecto a lo que tenemos ahora, pero la misma incapacidad que tenemos para distanciarnos y ver las cosas con cierta perspectiva la estamos desarrollando con la dimensión temporal. La inmediatez nos impide pensar a largo plazo, como los malos jugadores de ajedrez que capturan una pieza que le ponen delante sin pararse a pensar en que se han metido en posición perdedora que acabará pagando en tres movimientos.

No sé si en las próximas horas tendremos un ejemplo práctico de esa incapacidad para alejar perspectivas y evitar la siembra de tragedias que brotarán en el futuro. Quienes nos advierten del cambio climático no están siendo escuchados y quienes claman por el diálogo están siendo despreciados desde todos los lados. Hace unos días leí una entrevista a Slavanka Drakulić y afirmaba que en Yugoslavia, con el tiempo, todos han acabado lamentando el haber silenciado a las voces conciliadoras. Solo espero que aprendamos de los errores ajenos.


Publicado en HOY el 18 de octubre de 2017

Fotografia tirada pelo bombeiro português Helio Madeiras  em Vieira de Leiria