20 septiembre, 2017

Linares-Murcia



Linares y Murcia están casi en el mismo paralelo y distan solo 220 km en línea recta. Entre ambas localidades se encuentra la Sierra de Cazorla y los navegadores de los coches te aconsejan que vayas dando un rodeo por Granada y recorras 382 km en más de 4 horas. Si quisieras ir en tren no puedes seguir ese itinerario, porque la capital de la Alhambra lleva más de dos años sin tren de ningún tipo, así que tienes que enfilar 140 km hacia el norte hasta Alcázar de San Juan, y hacer allí transbordo hacia Murcia para acabar recorriendo más de 450 km en casi 5 horas.


No he elegido al azar estas dos ciudades como título de este artículo: quería pasar por alto, al menos durante algunos días, ese otro lugar geográfico que inunda tres cuartas partes de los telediarios. Pero también he reparado en ellos porque en Extremadura tenemos algunas cosas en común con lo que sufren ambas ciudades. Murcia es, junto con Extremadura, la única región que seguía sin contar con vías electrificadas (aunque ellos las van a tener ya mismo), y Linares tiene unas altísimas cotas de desempleo que no difieren demasiado de las de algunas zonas de nuestra región.


Y aquí se acaban las similitudes, porque lo que viene después es bien diferente. Silenciados por los medios de comunicación, sepultados por el vendaval de noticias procedentes del nordeste, los vecinos del barrio de Santiago el Mayor en Murcia se han levantado frente a una injusticia histórica que lleva camino de perpetuarse. Una barriada partida por la mitad desde hace décadas y que ve que las obras de modernización del ferrocarril no tendrán ni un céntimo para el tan ansiado soterramiento de los raíles. Como ya ocurriera en el barrio burgalés de Gamonal, los murcianos han recibido poco diálogo y muchos palos en las espaldas, pero estaban allí, defendiendo algo sensato frente a unos políticos que los ignoran y que deben pensar que al otro lado de la vía hay poco glamour y demasiada gente corriente.


Los de Linares han sido capaces de sacar a la calle a la mitad de una población de 58.000 habitantes porque están asolados por unas cifras de desempleo de escándalo y, lo que es peor, sin apenas esperanza de un futuro mejor. No se me hace extraño lo ocurrido en Linares o en Murcia, ya que aquí tenemos problemas parecidos o peores, pero sí que admiro la capacidad de levantarse y de hacer copartícipes de sus reivindicaciones a muchos vecinos. No sé si las protestas les traerán soluciones rápidas a los problemas que tienen planteados, pero viendo las imágenes parece que han aprendido una lección de la que deberíamos tomar buena nota por aquí cerca: que tomar conciencia de que merece la pena juntarte con tus iguales y luchar por el bien común es el primer paso para mejorar la vida de quienes te rodean. Y tenemos unas cuantas citas en la agenda.

Publicado en el diario HOY el 20 de septiembre de 2017. 


 

06 septiembre, 2017

Generación del 98


En una tira cómica del genial Quino aparece Miguelito quejándose a su amiga Mafalda de que la Historia que le enseñan en la escuela trata de cosas ya antiguas y pasadas. Me acordé de esa viñeta hace un año y me apunté en la agenda que la primera columna del siguiente mes de septiembre tenía que dedicarla a escribir un alegato sobre la estulticia de las tradiciones del pasado que no se sostienen desde la razón, que provocan daño y sufrimiento. La próxima semana volveremos a hablar del toro de la vega y este verano hemos visto barbaridades auspiciadas en argumentos tan sólidos como “esto siempre se ha hecho así”.



El año pasado me sorprendió ver una noticia en medios nacionales sobre las novatadas y que estaba ilustrada con una imagen captada en Extremadura, con jóvenes embadurnadas de harina y huevo sufriendo humillaciones que una persona con capacidad de cursar estudios universitarios debería rechazar, por mucho consentimiento que aleguen incluso quienes las sufren. Sé que desde hace algúntiempo las autoridades universitarias han actuado para intentar erradicar estos vestigios que no sé si son medievales o prehistóricos, y han dejado claro que no participar en estos ritos iniciáticos no debe ser motivo de discriminación o acoso.



Pero como creo más en convencer que en castigar, pensé que era el momento de cambiar la estrategia para eliminar unas prácticas que en Portugal han causado muertes y han sido objeto de un debate público de primera línea. Es hora de romper con las tradiciones animando a la generación que un día decida organizarse para no seguir como ganado ovino lo que hicieron sus antecesores. La historia la cambian quienes no siguen la senda de la venganza y son capaces de decir basta.



En los próximos días comenzarán su segundo curso universitario quienes nacieron en 1998 y pueden hacer dos cosas: vengarse en los recién llegados de las afrentas sufridas el año anterior o intentar ser revolucionarios y pasar a la historia como los que se pararon a pensar, entendieron que dar la bienvenida tiene mil formas más humanas y acabar con la estupidez centenaria de reírse de los novatos y hacer chanzas a su costa. Nada más útil que premiar a toda una generación con el hito de haber sabido separar las tradiciones hermosas de las que no tienen ni puñetera gracia.



De la nueva generación del 98 no será fácil que salgan personalidades tan irrepetibles como Unamuno o Valle-Inclán, aunque quizá surjan muchas mujeres excepcionales y que en el pasado no pudieron brillar como debieron, siempre olvidadas o en segundo plano. En las manos de quienes acaban de cumplir diecinueve años está la gloria de cambiar la historia o la miseria de pasar inadvertidos por ella y perpetuar tradiciones sin sentido. Espero que hagan como Miguelito, a la que Mafalda acabó preguntando en aquella viñeta, con las peculiaridades del castellano de Argentina, que cómo quería que le contaran la historia y respondió que “para adelante”. Así se hace historia.



Publicado en el diario HOY el 6 de septiembre de 2017.

26 agosto, 2017

Veraneo en Badajoz


Hubo un tiempo en el que la gente no tenía vacaciones sino que veraneaba. Durante los meses del estío acompañábamos a mi padre, que estaba continuamente viajando de un lado para otro, al lugar de España en el que estuviera trabajando y así podíamos verlo más que de costumbre. Ya habíamos veraneado en diversos lugares de la cornisa cantábrica: me perdí con mi hermana en la playa de Gijón, recuerdo haber jugado en el parque de Santa Margarita de La Coruña y tengo vagos recuerdos de Zarautz. En el verano de 1972 a mi padre le tocó venir a trabajar durante varios meses a Badajoz y aquí que nos presentamos, tras recorrer novecientos quilómetros en un Austin-Morris azul, con una baca bien cargada y cuya sombra en la carretera abultaba mucho más que el propio vehículo.

En la víspera de aquel viaje mi padre me contó que atravesaríamos Madrid, la capital de España, y que veríamos rascacielos. Partimos muy de madrugada y a 15 kilómetros de casa me desperté y pregunté si estábamos ya en España,  en una confusión entre el nombre del país y el de su capital propio de quien no había cumplido seis años. Mi primer viaje hacia el sur se hizo interminable: coincidió con una operación salida y las colas para atravesar el centro urbano de Navalcarnero o de Talavera de la Reina se hacían eternas. Luego subimos el puerto de Miravete y acabamos llegando a una tierra llana donde el sonido de las chicharras hacían presagiar un calor que jamás habíamos sentido. Llevábamos las ventanillas bajadas para que entrara el aire, las piernas se nos pegaban a los asientos de eskay, no había sillitas ni cinturones de seguridad para ninguno de los tres niños y todo lo amenizaba una cinta de casete con los éxitos de aquel año, de los que mi memoria ha retenido el Song, Song Blue de Neil Diamond y una trepidante música precursora del tecno y que se titulaba Palomitas de maíz.

Aquel verano lo pasamos en un pequeño apartamento amueblado frente al seminario y fuimos descubriendo que veranear en Badajoz no iba a ser coser y cantar. Una de nuestras primeras aventuras fue ir a la tienda de ultramarinos de enfrente, en la que vendían chucherías, y volvernos con las manos vacías porque ni entendíamos lo que nos decían, ni nos comprendían a nosotros. Al poco tiempo ya nos hicimos con el acento y aprendimos que al regaliz rojo le llamaban brea y que aquellos sobrecitos con polvo de sabor a frutas no eran sidral sino refresco.

En Badajoz conocí los cines de verano, el que estaba en el barrio de la estación y el que se montaba en el ruedo de la plaza de toros, donde vi Los hermanos Marx en el oeste. También descubrí que era una ciudad sin piscina municipal (no hubo hasta 1983), algo que nos costó bastante entender porque ya era habitual en cualquier pueblo mediano de otras zonas de España. Aquí las piscinas eran casi todas privadas, con unos precios prohibitivos, y la única solución para la gente corriente era acercarse a un río donde miles de personas intentaban sobrevivir a unas altas temperaturas que solo se podían mitigar subiendo las escaleras mecánicas de Galerías Preciados.

Al final de aquel verano vi a Mark Spitz ganar siete medallas de oro olímpicas en un diminuto televisor en blanco y negro cuya antena semicircular parecía el halo de un santo.  Esa misma semana regresé a Monzón (Huesca) para cursar primero de EGB y todo hacía pensar que aquel extraño veraneo en Badajoz acabaría por ser un recuerdo vago, como la playa de Gijón o el parque de La Coruña, pero quiso el destino que a mi padre le ofrecieran aquí un trabajo menos nómada y más sedentario. Así que tras el verano siguiente nos vinimos para vivir durante un tiempo y comenzamos a huir de la ciudad en cuanto nos daban las vacaciones escolares.

Como canta mi paisana Amaral, esta tierra nos “ha ganado poquito a poco, tú que llegaste por casualidad”, y aquí hemos acabado asentándonos todos los miembros de la familia. Desde hace tiempo procuro repartir las vacaciones entre primeros de julio y septiembre y le he encontrado el encanto al veraneo en Badajoz, con sus silencios sepulcrales del puente de agosto. Ya hay dos piscinas municipales en la ciudad y la de mi barrio, aquel al que llegué un verano de 1972, sigue sin estar construida. Y va para largo. 


Publicado en el diario HOY el 26 de agosto de 2017 . 




23 agosto, 2017

Elogio del buenismo



Desde hace años he convertido en un ritual de cada mañana del domingo la lectura de este periódico. Suelo comenzar por la columna que firma Antonio Chacón, porque no hay día en el que no me haga reflexionar y replantearme las ideas, algo que es muy de agradecer en un mundo con tanto piñón fijo. El último día nos comentó una curiosa taxonomía de los comportamientos humanos de un italiano que los dividía en incautos, inteligentes, malvados y estúpidos. Todo dependía del grado de voluntad para beneficiar o perjudicar, ya fuera a uno mismo o a los demás.

Esta semana ha sido muy propicia para ver ejemplos prácticos de todas estas condiciones humanas y todos sus posibles cruces genéticos. Comenzamos por los estúpidos y sanguinarios que causan la muerte y acaban inmolándose, y luego les siguieron los malvados, que intentan sacar tajada aunque para ello tengan que pisar al de al lado. Como en toda catástrofe, siempre hay un momento de zozobra en el que la racionalidad pasa a un segundo plano. Es cuando hasta las gentes de bien se dejan llevar por los instintos más primarios y sueltan sus miedos en forma de odios, desconfianzas y generalizaciones injustas.

Desde el jueves pasado hemos visto de cerca lo mejor y lo peor del género humano, a quienes han arriesgado sus vidas para intentar ayudar y proteger al resto y , también, a quienes no han entendido nada y todo lo solucionarían con medidas decretadas desde la vesícula biliar y sin pasar por el cerebro: criminalización de las ideas y de las religiones, exaltación de la venganza, vanagloria de la supremacía de los de aquí frente a los de fuera, desprecio de la diversidad y fomento del odio indiscriminado.

A nadie se le oculta que los últimos días también han servido para dar rienda suelta a quienes se han inventado un término, el buenismo, que define a quienes creen que los problemas pueden resolverse a través de diálogo, solidaridad y tolerancia. Sería de incautos pensar que se puede hablar algo con los que lanzaron una furgoneta rambla abajo, pero no es menos cierto que con el malismo que defienden algunos el mundo solo podría empeorar.

Saramago dijo en una entrevista a Jesús Quintero que, si pudiera, la única internacional que fundaría sería la de la bondad, a la que solo podrían pertenecer las buenas personas, las que buscan beneficiarse a sí mismos y a los demás al mismo tiempo. Son los inteligentes de esa taxonomía que me recordó Antonio Chacón en su columna del domingo. Saramago no está ya para fundar nada pero sí que nos dejó el espíritu y el valor de elogiar a los buenos y de prevenirnos de los malvados, de los que intentan confundirlos con incautos o llamarlos directamente tontos.


Los tiempos nos reclaman más inteligencia que nunca porque horrores ideológicos como los de Charlottesville -que ya se dejan ver por aquí- no servirán jamás para apagar las locuras del Daesh y tendrían el efecto contrario.


Publicado en el diario HOY el 23 de agosto de 2017

09 agosto, 2017

Prementiras y posverdades



Hace años que le escuché a un periodista apellidado Morales que la opinión no creaba opinión, que lo único que ayudaba a que la gente pudiera tener sus propios puntos de vista era proporcionar la mejor información posible, la más contrastada y la que no estuviera manipulada de forma interesada por las partes interesadas en la cuestión.

No andaba desacertado aquel periodista porque, salvo excepciones, la gente va buscando en cada columna de opinión o en cada editorial la munición para poder afianzar sus posiciones iniciales y casi siempre se pasa de largo de aquellos autores que presuponemos que van a decir lo contrario de lo que pensamos. Como parece que esta es una costumbre demasiado arraigada en nuestros comportamientos y no estamos dispuestos a escuchar las razones del contrario, al menos deberíamos esforzarnos en conseguir una información de calidad que nos permita ser muy libres a la hora de decantarnos por aquello que más nos guste o que esté más cercano a nuestros principios.

El escenario ha cambiado mucho: ahora sería casi imposible que nos timaran como con la imagen de aquel cormorán impregnado de petróleo, que creíamos que era una víctima de los vertidos de Saddam Hussein al golfo Pérsico en 1991, pero que finalmente resultó ser un vídeo de la catástrofe del Exxon Valdez en 1989.  Que cada ser humano lleve una cámara en el bolsillo y esté dispuesto a grabar todo aquello que le parezca curioso es un arma de doble filo, ya que nos trasporta la realidad cruda al instante de punta a punta del globo terrestre, pero nos convierte en blanco de un gran hermano incontrolado e incontrolable.

Por eso es cada vez más necesario que haya medios de información con criterio e imparcialidad suficiente como para no entrar en la cadena de montaje de posverdades que parece haberse iniciado con la era Trump. Y uno de los primeros pasos para ello consiste en llamar de la misma manera a todo aquello que es igual o casi idéntico. Si alguien pone una bomba al paso de unos policías no podemos hablar de manera impersonal de una explosión de violencia sino de un atentado, porque cuando definimos las cosas de manera diferente en función del sujeto o el objeto directo de la frase estamos adulterando los ingredientes que cada uno debe usar para elaborar sus propias posiciones.

Hay quien dice que la posverdades podían haberse llamado prementiras. Puestos a elegir casi me gusta más aquello de hechos alternativos que es el nombre que les dio Kellyanne Conway, la consejera del presidente norteamericano. Más que nada por el enorme juego literario que nos dan si los contraponemos a los “hechos reales”, que es lo que nos están hurtando en ese cambiazo. Si no tenemos armas para defendernos de quienes pretenden hacernos creer falsas realidades, entonces estaremos en manos del primer insensato que tenga un altavoz muy poderoso. Y para eso necesitamos medios muy libres y periodistas más libres todavía. ¿Los tenemos?

Publicado en el diario HOY el 9 de agosto de 2017.

 

26 julio, 2017

El síndrome de Theon Greyjoy

No desvelaré secretos de la serie Juego de Tronos a pesar de la mención a uno de sus personajes secundarios en el título de este artículo, porque esto no va de ficciones sino de lo que desde hace ya varios días ha copado las portadas de este periódico: las desgracias, incidencias, retrasos o averías que sufren nuestros trenes. Quienes usamos este medio de transporte desde hace más de una década podríamos haber recopilado una crónica de los interminables trastornos que nos toca sufrir a diario pero que se soportan bien cuando el trayecto no pasa de los 60 km. Si el viaje es largo puede convertirse en una pesadilla y quizá por eso los medios de comunicación de la capital vienen por aquí a hacer reportajes veraniegos montados en nuestros trenes, para contarnos esa experiencia vintage de viajar como hace 50 años.

Subir a un tren en Extremadura es una pequeña aventura y no sabes si los frenos van a salir ardiendo en Torrijos o si te vas a ver en medio del campo en Los Pedroches, con un calor sofocante, esperando que otro tren pueda llegar por una vía única y sin electrificar, como las que empezaron a dejar de existir en las partes más desarrolladas de España hace más de 40 años.

En las últimas horas hemos escuchado que la paciencia tiene un límite y que las gotas han colmado todos los vasos. Parece incluso el momento propicio para que la reivindicación de un tren digno consiguiera el unánime apoyo social, político y mediático necesario para sacarnos de esta situación causada por la dejadez y el abandono de quienes no supieron defender la tierra. Pero, como ya nos adelantaban ayer en este periódico, hasta finales de 2019 no podríamos comenzar a sentir ni unaleve mejoría en un sistema ferroviario que se empezó a abandonar con alevosía a principios de los años 80 del siglo XX,  cuando se tenía que haber optado por la modernización ferroviaria y alguien decidió apostar todas sus cartas a las autovías, cerró las líneas que tenían pocos pasajeros sin preguntarse por qué ocurría y acabó creando un monstruo que nadie sensato se explica: tener la mitad de la población de Alemania, un tercio de su PIB y el doble de kilómetros de altísima velocidad pero con el resto de la red ferroviaria casi abandonada.

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Un tren digno es fácil de definir: aquel que no contamina y que te permite trasladarte a muchos lugares y en menos tiempo que por carretera. Me temo que nos falta mucho para lograrlo porque en esta tierra somos incapaces de unirnos unánimemente por el bien común. A veces parece que estuviéramos aquejados del síndrome de Theon Greyjoy, un personaje que da lástima y pena pero no tanto por lo maltratado que ha sido en su vida, sino por la incapacidad de rebelarse ante las injusticias que recibe y por haber acabado por aceptarlas como un mal menor.

Publicado en HOY el 26 de agosto de 2017

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12 julio, 2017

Nuevas expresiones


Me gustaría conocer la trazabilidad de las palabras y las expresiones que usamos. No me refiero a la etimología, que para eso ya hay lingüistas que han investigado todos los orígenes posibles, sino al proceso que lleva a que determinadas palabras que casi nadie usaba pasen a ser omnipresentes. Alguien que tenía que valorar proyectos y estrategias comentaba que era difícil encontrar una página en la que no apareciera el verbo implementar o las famosísimas sinergias y resiliencias. Son palabras que ya existían pero que tenían un uso muy restringido y que han dado un salto y ya se pueden escuchar en las tertulias de los medios de comunicación. Bienvenidas sean estas nuevas modas si lo que hacen es enriquecer las escasas dos mil palabras con las que se manejan diariamente la mayoría de las personas y que acaban por dar la razón a quienes nos venden lo de aprender un nuevo idioma con solo mil.

Luego están aquellas expresiones que parecen traducciones calcadas y que a simple vista nos parecerían incorrectas, como ocurre con poner en valor. No hay discurso que se libre de la locución y hace ya unos años, cuando empezó propagarse como un virus, el profesor Lama mepuso en la pista de que el diccionario de Manuel Seco la recogía y usaba como fuente una noticia de este diario HOY de 24 de septiembre de 1974.

No son estas las expresiones que nos sacan de quicio a los que tenemos cierta preocupación por el lenguaje sino otras, que se clavan como canción pegadiza de la que uno no es capaz de zafarse. Hace ya unos años escribí sobre esa horrible coletilla de los políticos de rematar cada propuesta con un "como no podía ser de otra manera". En este caso ya no es un problema de construcción gramatical sino de consideración intelectual hacia el oyente, porque salvo que el político en cuestión nos esté recitando el principio de Arquímedes o algo similar hay millones de cosas que pueden ser de otra manera (y en muchos casos sería deseable). Imagino que alguien les habrá dicho que con ese colofón la afirmación se hace más rotunda y creíble, que convierte su propuesta en indiscutible.

Lo peor que hemos encontrado en los últimos años es la invasión en todas las conversaciones de algunos de esos engendros procedentes del lenguaje político como la falsa disyuntiva del "sí o sí", el horrible "eso no, lo siguiente", por no mencionar a los que convierten el verbo "flipar" en transitivo o a los que no dejan de "petar" a todas horas, quizá ignorando el origen del verbo. Sería insoportable si no fuera porque estas nuevas expresiones serán pronto tan viejunas como el "guay del Paraguay", el "chachi piruli" o "la cagaste Burt Lancaster".  Mientras tanto me gustaría saber quién puso de moda alguna de estas que nos asaltan día a día y que, en opinión de más de uno, merecerían un reproche social por los daños que nos causan cada vez que las escuchamos.

Publicado en el diario HOY el 12 de julio de 2017.